Por Eduardo Magaña
Hay noches que uno sabe que va a recordar antes incluso de que terminen. La del 30 de junio es una de ellas. México eliminó a Ecuador en los dieciseisavos de final del Mundial de 2026, rompiendo una racha de casi cuarenta años sin ganar un partido de eliminación directa en una Copa del Mundo. Durante unas horas, las calles del país se llenaron de una alegría colectiva que hacía mucho tiempo no veíamos.
Antes de contar por qué esa alegría me parece tan extraordinaria, necesito retroceder. Necesito explicar cuánto tiempo llevaba esperándola.
Llevo seis Copas del Mundo en esta vida.
Las primeras tres apenas sobreviven como destellos. Francia 98 es, para mí, menos un torneo y más un videoclip de Ricky Martin cantando “La Copa de la Vida”, el gallo Footix brincando sobre la pantalla del televisor y los colores imposibles de unas camisetas que hoy parecen pertenecer a otra época.
Corea-Japón 2002 vive en mi cabeza de una forma curiosa: no recuerdo el torneo; recuerdo el recuerdo. Estoy convencido, aunque quizá sea una invención construida con los años, de que aquella fue la última vez que Brasil pareció invencible.
Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho jugaron como si el fútbol todavía fuera un idioma que solo ellos hablaban con fluidez. Desde entonces, el resto del mundo aprendió esa lengua y Brasil ha pasado más de dos décadas intentando recuperar un acento que alguna vez fue exclusivamente suyo.
Alemania 2006 fue distinto. Ahí sí aparecen imágenes nítidas. Zidane despidiéndose del fútbol con un cabezazo a Materazzi que terminó siendo más recordado que cualquiera de sus goles. Italia levantando la copa. Rafa Márquez viviendo probablemente el mejor momento de su carrera. Y una selección mexicana comandada por Ricardo Lavolpe que muchos seguimos creyendo que pudo haber llegado mucho más lejos. Sin embargo, como tantas otras veces, la ilusión terminó en octavos de final.
Después vino la costumbre. El “No era penal” contra Países Bajos. El gol del Chucky Lozano contra Alemania que hizo temblar la Ciudad de México. El penal que Guillermo Ochoa le detuvo a Polonia y que, durante unos minutos, nos hizo pensar que esta vez sí. Mundial tras Mundial aprendimos a administrar la esperanza: ilusionarnos lo suficiente, solo para volver a rompernos.
Quizá por eso nadie esperaba demasiado de este Mundial de 2026.
México jugaba en casa, sí, pero también llegaba con una generación a la que muchos llamaban de transición. No había figuras que cargaran con el peso simbólico de otras épocas. El ambiente era extraño: menos entusiasmo que expectativa; menos confianza que curiosidad.
Por eso decidí vivir este Mundial de una manera distinta. Como si fuera turista de mi propia ciudad, me propuse ver cada partido de México en un lugar diferente, buscando entender cómo se transforma una ciudad cuando juega la selección y cómo cambian también las personas que la habitan.
El debut contra Sudáfrica lo vi en el Bosque de Chapultepec. México ganó 2-0 y, aunque la victoria invitaba a la euforia, la celebración todavía era cautelosa. Esa tarde el Ángel de la Independencia apenas comenzó a llenarse, como si la ciudad todavía no terminara de creer.
El segundo partido lo vi en Casita Solosé, en la Condesa, un club de fútbol abierto a cualquiera que encuentre en este deporte un lenguaje común. Ahí el agónico 1-0 frente a Corea del Sur se celebró entre familias, extranjeros, parejas y desconocidos que terminaron abrazándose como si llevaran años viéndose cada fin de semana. El fútbol tiene esa extraña capacidad de borrar las diferencias durante noventa minutos.
Para el tercer partido terminé en un Italianni’s sobre Paseo de la Reforma, prácticamente a los pies del Ángel. Cuando México goleó 3-0 y el silbatazo final confirmó el primer lugar del grupo, salimos junto con cientos de miles de personas hacia el monumento.
La lluvia nunca dejó de caer y, sin embargo, nadie parecía dispuesto a regresar a casa. Permanecí ahí, completamente empapado, llorando entre una multitud que, según las estimaciones, rondaba las ochocientas mil personas. No recuerdo haber visto antes a la ciudad celebrar con esa mezcla de incredulidad y esperanza.
Para los dieciseisavos de final hicimos exactamente lo contrario. Renunciamos a las pantallas gigantes, al ruido de Reforma y a las celebraciones multitudinarias. Volvimos al barrio que nos vio crecer.
Vimos el partido contra Ecuador desde el comedor de la casa, rodeados de la familia. Sentí que ese recorrido por la ciudad terminaba exactamente donde debía: en casa.
Y entonces ocurrió algo que, visto en retrospectiva, parece más improbable que cualquier marcador.
México eliminó a Ecuador.
Lo extraordinario de esta hazaña no fue únicamente el resultado. Fue la manera en la que se concretó. Durante buena parte del primer tiempo, la selección hizo algo que llevaba décadas sin hacer en un partido decisivo: jugar sin miedo. Julián Quiñones abrió el marcador. Raúl Jiménez amplió la ventaja. Durante noventa minutos desapareció esa ansiedad histórica que tantas veces había acompañado al equipo cuando el escenario exigía dar un paso adelante.
La victoria significó mucho más que un boleto a los octavos de final. Desde 1986 que México ganaba un partido de eliminación directa en una Copa del Mundo.
Casi cuarenta años. Una generación completa creciendo con la idea de que existía un techo imposible de romper. Esa noche, por fin, dejó de existir.
Pero mientras veía las calles de Satélite llenarse de gente pensé que, en realidad, el partido hablaba de algo mucho más grande que el fútbol.
México es un país acostumbrado a reunirse en las tragedias.
Nos reunimos para buscar desaparecidos. Para marchar. Para protestar. Para exigir justicia. Para contar muertos. Para reconstruir ciudades después de un terremoto. Para organizarnos cuando las instituciones llegan tarde o, simplemente, no llegan.
Vivimos rodeados de cifras que se han vuelto insoportablemente normales: más de ciento treinta mil personas desaparecidas; comunidades enteras atravesadas por la violencia; una conversación pública dominada por la sospecha, la polarización y la desconfianza. Nos acostumbramos tanto a las malas noticias que empezamos a desconfiar incluso de las buenas.
Quizá por eso este mes de celebración resultó tan extraño.
Cientos de miles de personas tomaron las calles sin que hubiera ocurrido una tragedia.
No para exigir.
No para reclamar.
No para despedir a nadie.
Simplemente para celebrar.
Me costó trabajo recordar la última vez que vi al país así. Tal vez el terremoto de 2017 sea el único momento reciente en el que percibí un sentido de comunidad parecido. La diferencia, por supuesto, es brutal. Entonces nos unió el dolor. Esta vez nos une la alegría.
Puede parecer exagerado comparar un partido de fútbol con un terremoto, pero no hablo del acontecimiento. Hablo del tejido social. De esa capacidad, cada vez más escasa, de hacer que millones de personas dejen de discutir por unas horas y vuelvan a compartir una emoción.
Eso produce un Mundial.
No resuelve la violencia.
No desaparece la corrupción.
No devuelve a quienes siguen sin aparecer.
No mejora la economía.
Pero nos recuerda que todavía somos capaces de sentir algo al mismo tiempo.
Escribo mientras Inglaterra derrota a la República Democrática del Congo y confirma que será el próximo rival de México en el Estadio Azteca. Es poesía pura.
El estadio donde Pelé levantó una Copa del Mundo.
El estadio donde Maradona escribió dos de las páginas más famosas de la historia del deporte.
El estadio que ha visto desfilar generaciones enteras de mexicanos convencidos de que, esta vez sí, el destino podría cambiar.
No sé si México vencerá a Inglaterra. La historia me obliga a desconfiar de cualquier exceso de optimismo. Pero también sé que algo ya cambió. No porque una victoria convierta automáticamente a esta selección en la mejor de nuestra historia. Ni porque un buen torneo cure las heridas de un país.
Cambió porque, durante una noche, millones de mexicanos volvimos a experimentar una emoción que parecía reservada para otras generaciones: la sensación de que el futuro todavía puede sorprendernos.
Dentro de treinta años probablemente muy pocos recuerden quién anotó el segundo gol contra Ecuador.
Pero muchos recordaremos otra cosa.
Recordaremos dónde estábamos cuando México ganó un partido que siempre parecía destinado a perder.
Y recordaremos, sobre todo, que aquella noche un país entero salió a la calle por el simple placer de hacerlo. Por el placer de pertenecer.
Solo porque once jugadores habían corrido detrás de un balón.
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