Carta a mí mismo

Por Eduardo Magaña 

Hola. 

Últimamente hemos estado un poco preocupados. Lo sé: la vida a los treinta no es sencilla, ni lineal, ni responde a esas promesas tácitas que uno imaginaba cuando era niño. A los treinta la vida se multiplica en presiones internas, en narrativas que se repiten como un eco persistente, y también en la presión externa de todo aquello que nos rodea: la familia, los amigos, la pareja, la ciudad que no se detiene. A veces parece un escenario diseñado para recordarnos todo lo que aún no somos y todo lo que todavía falta por hacer.

Pero déjame empezar por lo esencial: todo está bien. Y antes de que te pongas filosófico y empieces a desmenuzar qué significa exactamente “estar bien”, quiero recordarte lo evidente. Está bien porque tenemos un hogar. Está bien porque la familia está cerca. Está bien porque lo que hace apenas una década parecía un anhelo remoto, hoy es tangible, cotidiano, casi un lujo invisible. Está bien porque lo difícil de entonces es lo común ahora.

La vida, lo sabes, se sostiene en cuestión de enfoque y disciplina. Esa es la liga que debes estirar: sin rendirte, sin perder de vista el horizonte, incluso cuando el cansancio aparece disfrazado de duda. Todavía te quedan muchos años por delante y no es momento de dejar de intentar. Es, por el contrario, la etapa precisa para seguir probando, equivocándose si hace falta, ajustando el rumbo.

Hay algo más de lo que debemos hablar. Se llama Brianda. Y aquí no se trata de un apunte anecdótico, sino de una revelación. Qué increíble persona has encontrado. Sí, un poco testaruda, como suelen ser las personas que se saben fuertes, pero siempre dispuesta a darte la mano, a rescatarte en el instante en que la tormenta se asoma. Su presencia no es un accidente: es la evidencia de que algo en ti se ha movido, de que años de trabajo personal y de insistencia silenciosa han dado fruto. Ella es, lo sabes, uno de los mejores capítulos de la vida que hasta hace poco parecía escrita en borradores.

No niegues lo evidente. A veces tu instinto es poner en duda lo mejor que te ocurre, como si la sospecha fuera una especie de salvavidas que te protege de una caída futura. Pero no es necesario dudar de todo. En este caso, la certeza es más sencilla: ella está, es real, y encaja en la ecuación de tu vida porque la has construido con la paciencia de quien cultiva el campo.

Sé que puede ser difícil asimilarlo. Uno tiende a creer que la felicidad llega como un accidente, como un golpe de suerte, pero en tu caso hay algo más sólido: lo has trabajado. Has pasado años cultivando una forma de pensar que abre espacio a personas como ella, que no solo entran en tu vida, sino que la habitan de manera plena. No es un premio, pero sí es una consecuencia. Y es justo reconocerlo.

Mantente fiel a tus creencias. No se trata de dogmas y rituales rígidos, sino de aquellas convicciones que te reconfortan, que te devuelven seguridad cuando el mundo parece demasiado amplio o demasiado hostil. Desde ahí echarás palanca para cosechar los frutos que aún están por venir. Esa fe es la que te ha sostenido en momentos de fragilidad. Esa disciplina espiritual, que a veces no entienden quienes te rodean, es la que ha evitado que pierdas el rumbo.

Tienes 31 años, y a veces parece que has vivido mil vidas. El fotógrafo que recorría estadios y escenarios, el reportero que se adentraba en calles polvorientas y violentas, el aventurero que tomó una bicicleta y recorrió todo un continente, el hombre que cruzó un océano para reinventarse en el sur de Estados Unidos, el hijo que vuelve a México y se reencuentra con sus raíces, el enamorado que ahora aprende a mirar el futuro en plural. Y sin embargo, de todas esas vidas, esta que te toca vivir ahora es especial.

Disfrútala. Detente un poco. Deja de cuestionar de manera obsesiva. Retoma esa capacidad de asombro que siempre te llevó hasta rincones menos sospechados. La vida se vuelve insoportable cuando se convierte en un examen constante; recuérdalo. No hay que aprobar todas las materias. Algunas, simplemente, se experimentan.

El compromiso sigue siendo el mismo: ser disciplinado, mantenerse fiel, honrar a Dios y a tus padres. Ese pacto íntimo que asumiste hace años no debe romperse. No porque se trate de una obligación moral, sino porque ahí está tu identidad más profunda. Has aprendido que todo lo que haces con amor se multiplica; que el servicio que siembras regresa en formas inesperadas.

Amar: ese verbo sencillo que todo lo sostiene. De eso se trata la vida. No hay resumen más honesto. No se trata de acumular logros ni de tachar pendientes en una lista interminable. Se trata de amar, y de jamás dejar de amar. Amar a quienes te rodean, amar la tierra que te sostiene, amar el trabajo que te define, amar incluso los días grises que parecen intrascendentes.

Esta carta es un recordatorio. Recordatorio de que todo está bien, incluso cuando parece lo contrario. Recordatorio de que no debes perderte en el ruido externo, en las comparaciones o en la ansiedad de los tiempos presentes. Mira alrededor: el hogar, la familia, la mujer que comparte el camino, los proyectos que aún están gestándose. Todo eso es la prueba tangible de que el esfuerzo ha valido la pena.

No te engañes: seguirán llegando días duros, momentos de duda, cansancio, incertidumbre. La madurez no es un blindaje contra la dificultad, sino un lente distinto para afrontarla. Lo importante es que ya cuentas con las herramientas. Has aprendido a sostenerte, a reponerte, a reinventarte. 

Estás en un buen lugar. No perfecto, pero sí valioso. No resuelto, pero sí prometedor. Vive con calma. Vive con intensidad. Y no olvides aquello que te ha definido desde siempre: la capacidad de narrar y observar. Esa habilidad para poner en palabras e imágenes lo que otros sienten pero no saben nombrar. Ese don es tu brújula y tu ancla.

A los 31, la vida apenas empieza a desplegarse en su verdadera magnitud. Que no te engañe la prisa: todavía queda mucho por escribir.

Eduardo Magaña.

Leave a comment