por Eduardo Magaña
Hace un par de semanas crucé la puerta de un estudio discreto, en el piso más alto de una casa que, por la importancia de las obras que colgaban en sus paredes, bien podría ser un museo. El escenario era la colonia Roma y me encontré con un hombre que, a los 89 años, sigue habitando el arte con la naturalidad de quien respira.
Eduardo Terrazas estaba sentado en un escritorio que parecía testigo de innumerables conversaciones y silencios. Nos recibió con una sonrisa pausada, más un gesto de cortesía que una reacción inmediata.
Hablar con él no fue sencillo. Las palabras se deslizaban lentamente, a veces interrumpidas por la fragilidad de la memoria o por la lentitud de la voz. Pero cada vez que lograba hilvanar una anécdota, el tiempo parecía plegarse, y yo estaba de pronto en 1968, en la Ciudad de México que se reinventaba bajo la mirada de una corriente de artistas visionarios.
Terrazas no es solo un creador; es un cartógrafo de la estética cotidiana. Pionero en el uso de la geometría en el arte, convirtió la línea recta en un puente entre lo práctico y lo poético. Mientras lo escuchaba, comprendí que su obra nunca buscó el artificio ni la grandilocuencia: siempre trató de darle orden al caos, de demostrar que lo ordinario podía convivir con lo extraordinario sin perder su esencia.
Su estudio reflejaba esa dualidad. Mesas con papeles, bocetos, maquetas; todo dispuesto de un modo que, para cualquier otro, habría parecido desordenado. Pero en ese aparente caos había un ritmo, un pulso, una geometría invisible que sostenía la sala. Era, de algún modo, un microcosmos de su filosofía: el espacio como extensión de la mente creativa.

Cuando comenzó a hablar de sus colecciones, entre ellas lo elaborado para los Juegos Olímpicos de 1968, su voz adquirió un matiz distinto, como si las palabras llevaran la textura de un recuerdo aún vibrante. La identidad visual que co-ideó para aquellos Juegos no fue solo un logotipo: fue un lenguaje.
Con líneas concéntricas y patrones que evocaban tanto la modernidad como la tradición, Terrazas tradujo el espíritu de un país y sus tradiciones en transformación. Lo hizo en un contexto donde México se mostraba al mundo con una confianza inédita, en una década marcada por la convulsión política y social.
Si los Olímpicos lo colocaron en el mapa internacional, su trabajo en el sistema de señalética de la Ciudad de México lo arraigó en la vida diaria de millones. Aún hoy, las flechas, íconos y tipografías que diseñó siguen guiándonos entre calles, ejes, estaciones y avenidas.
Son huellas invisibles de un artista que entendió que el diseño no es solo ornamental, sino un acto de comunicación, de cuidado hacia quienes habitan la ciudad. “El arte también debe servir para orientarnos”, dijo en un momento, con una sonrisa que parecía contener tanto ironía como convicción.
Hablar con Terrazas a los 89 años es enfrentarse con la fragilidad de la voz y la persistencia del legado. No todo lo que decía era audible; no todo lo que narraba seguía una línea clara. Pero en su manera de detenerse, de sonreír antes de responder, de señalar con la mano hacia un cuadro o una maqueta, había una narrativa paralela. Era como si dijera: lo importante no está en las palabras exactas, sino en la trama que las sostiene.

Al observar cómo pasaba los dedos por el borde de un boceto antiguo, pensé que Terrazas ha hecho de la geometría no solo un recurso artístico, sino un modo de estar en el mundo. La geometría como disciplina, como búsqueda de simetría entre lo útil y lo bello. En sus manos, un cuadrado no es un simple polígono: es la posibilidad de contener un universo.
Lo fascinante de su obra es que, aunque profundamente intelectual, nunca se desvincula de lo humano. El sistema de señalización de la ciudad no solo responde a criterios de diseño: responde al miedo de perderse, a la necesidad de encontrar el camino.
Sus patrones geométricos no solo dialogan con las vanguardias artísticas: dialogan con la memoria colectiva de un país que reconoce en las formas un eco de sus tradiciones.
Quizá por eso su legado permanece vivo en cada esquina de la Ciudad de México. Está en los carteles de las calles, en la iconografía y tipografía que seguimos usando sin pensar demasiado en quién la diseñó. Está en los archivos visuales que documentan los Olímpicos, en la memoria de quienes vieron por primera vez ese diseño audaz que mezclaba modernidad y raíces. Y está también en las generaciones de diseñadores y artistas que encontraron en Terrazas una brújula para sus propias búsquedas.
Al terminar la entrevista, nos reímos entre anécdotas, fotografías y promesas de volver a vernos. Entre ellas, me llamó la atención cómo recordó su relación con Niels B. Christiansen, CEO de LEGO, gran admirador de su obra e inspirado por ella para algunas piezas de la compañía danesa. Esta amistad, improbable y natural, demuestra la influencia internacional de Terrazas y cómo su uso de la geometría y su visión artística trascienden fronteras.
Salir de su estudio fue como abandonar una cápsula de tiempo. Afuera, la colonia Roma bullía con su mezcla de cafés, galerías y automovilistas apresurados. Pero dentro, el reloj parecía avanzar a otro ritmo: el ritmo de alguien que, a pesar de los años, sigue creyendo que el arte tiene la capacidad de transformar la manera en que habitamos el mundo.
Conocerlo fue, en cierto sentido, redescubrir la Ciudad de México a través de sus ojos. Una ciudad que no solo se camina, sino que también se lee, se interpreta y se reimagina. Y en esa lectura, Terrazas ha sido uno de nuestros mejores traductores.
Eduardo Terrazas, a sus 89 años, no necesita ya explicarse. Su obra lo hace por él. Y lo hace en cada letrero que seguimos mirando, en cada patrón geométrico que evoca orden en medio del caos, en cada rincón de la ciudad donde lo utilitario y lo creativo conviven sin conflicto.
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