Por Eduardo Magaña
En el norte de la Ciudad de México, Costco no es simplemente un lugar para comprar detergente en tamaño industrial, salmón noruego envasado al vacío o una caja de 72 croissants. Es, más bien, una especie de club social con cuota de entrada, un escenario de aspiraciones, un teatro donde el uniforme de los empleados en la caja y la membresía anual se convierten en códigos de pertenencia.
He pensado mucho en esto. Quizá demasiado. Lo primero que me atrapó fue un recuerdo doméstico: mi prima trabajó durante años en un Costco de la zona. La veía alistarse como si no fuera a pasar horas detrás de una caja registradora, sino a un concierto de indie pop en el Foro Indie Rocks.
El cabello planchado, las sombras aplicadas con precisión quirúrgica, los labios delineados. Era un fenómeno curioso: el cajero de supermercado, que en otros contextos parece condenado a la invisibilidad, aquí se transformaba en un actor principal. Un símbolo cool.
Y ese adjetivo, “cool”, resulta difícil de definir pero imposible de negar. Porque lo cool, en el Costco, no es una marca ni un producto: es la persona que te cobra.
Hace unos días, mientras empujaba un carrito rebosante de detergente, conocí a otra Ximena, homónima de mi prima. Estaba en la caja: enormes aretes dorados, collares superpuestos y un maquillaje que hubiera funcionado en la pista de un antro en Polanco. El chaleco rojo de Costco parecía un mero accesorio, un pretexto para encubrir un performance más íntimo: el de la autoafirmación estética.
Lo fascinante es la diferencia entre estos cajeros y el resto del personal. Los que acomodan mercancía en los pasillos, empacan los pallets o revisan tickets en la salida parecen esculpidos con otro barro: más discreto, menos dispuesto al artificio. Como si el contacto directo con los clientes les exigiera un pacto no escrito de glamour.
En otros lugares, Walmart, Soriana, incluso El Zorro Abarrotero, el cajero suele ser el epítome del proletariado invisible: uniforme deslavado, expresión de tedio, un gesto mecánico al pasar los códigos de barras. En cambio, en Costco Satélite, el cajero es casi un modelo accidental.
La otra clave está en la membresía. No cualquiera puede entrar a Costco: se necesita pagar 1200 pesos anuales. No es una cifra prohibitiva, pero sí un filtro simbólico. Ese pequeño cobro opera como una frontera aspiracional. Los clientes se sienten miembros de algo, un club, un espacio semicerrado, un sitio donde compartir cierto aire de exclusividad. Costco, sin proponérselo, inventó un club social accesible pero aspiracional.
Esa aura se contagia a los empleados, en especial a los de caja, quienes parecen participar del mismo espectáculo: si los clientes juegan a ser socios de un club, los cajeros juegan a ser anfitriones del mismo.
Lo curioso es cómo este fenómeno se enmarca en la cultura del norte de la ciudad: en Satélite, trabajar en Costco se ha vuelto un statement. Un puesto de caja no significa “no me alcanzó para más” sino “aquí pertenezco, aquí me ven”.
Los hijos de clase media que, con el gafete quitado, podrían confundirse con cualquier universitario de la zona, se transforman en símbolos de un ecosistema social donde las jerarquías tradicionales parecen desdibujarse.
Hace poco entré a una agencia de marketing donde cada miembro del equipo competía por ser el más alternativo: tenis de diseñador, tatuajes calculados, cortes de cabello imposibles. Era, básicamente, un performance de identidad. En Costco Satélite ocurre algo similar, pero en un espacio inesperado. La pasarela está entre cajas registradoras, pilas de papel higiénico y refrigeradores industriales.
Es como si cada cajera dijera con su outfit: “Sí, estoy trabajando, pero también estoy representando un estilo de vida”. Un trabajo rutinario convertido en performance estético.
Y entonces surge la pregunta: ¿qué significa todo esto?
Quizá es una utopía momentánea: en ese espacio, por unos minutos, las barreras sociales se disuelven. El cliente con camioneta de lujo, la familia que junta para pagar la membresía, la cajera con maquillaje de gala: todos están dentro del mismo Costco, bajo las mismas luces frías, buscando la misma pizza después de hacer fila.
O quizá es solo un espejismo: el capitalismo disfrazado de club social, el trabajo precario disfrazado de pasarela. El mismo sistema de siempre, pero con un mejor vestuario.
A veces me descubro pensando que exagero. Que quizá solo estaba aburrido, recargado en el carrito, mientras esperaba que renovaran la membresía y nos dieran la pizza que mi novia me había prometido. Pero no dejo de observar el fenómeno. Y cuanto más lo observo, más claro me parece que Costco no es únicamente un supermercado: es un espejo, un teatro, un experimento social involuntario sobre aspiración, estética y pertenencia.
Costco, sin proponérselo, creó en la Zona Norte una versión mexicana de ese fenómeno. Una fusión entre club social de bajo costo, pasarela improvisada y supermercado mayorista.
Y así, entre pallets de croissants y cajas de salmón congelado, se articula una escena que dice más sobre la Ciudad de México contemporánea que cualquier discurso político.
Porque en este país, donde la desigualdad es una herida abierta, basta un gafete y un par de aretes dorados para inventar una ficción de igualdad momentánea.
Al final del día, todo termina igual: con la fila en el área de comida rápida. Un pedazo de pizza grasosa, una soda refillable y la sensación de haber pertenecido, por un instante, a algo más grande que la suma de los productos en el carrito.
Quizá eso es Costco: no un supermercado, no un club, no un simple trabajo de cajera. Sino un escenario donde la vida cotidiana se disfraza de aspiración, y donde, entre cajas registradoras y membresías de 1200 pesos, se cuela la eterna pregunta mexicana: ¿quién soy yo en esta ciudad y a qué pertenezco?
Leave a comment